Por nuestro hermano Luis Palau,
Hasta los hombres y mujeres de Dios a veces experimentan soledad.
Recuerdo el caso de una mujer de 55 años que se arrojó al vacío desde su apartamento en el piso 14. Minutos antes de su muerte vio a un hombre lavando ventanas en un edificio cercano. Lo saludó y le sonrió; él le sonrió y le devolvió el saludo. Cuando el hombre se dio vuelta para continuar con su trabajo, ella saltó.
Había dejado la siguiente nota sobre un escritorio muy prolijo y ordenado: "No puedo soportar un día más de esta soledad. Mi teléfono nunca suena. Nunca recibo cartas. No tengo amigos."
Otra mujer que vivía en el mismo piso, dijo a los periodistas: "Ojalá hubiera sabido que ella estaba tan sola. Yo me siento de la misma manera."
Usted y yo estamos rodeados de personas solas.








